El presidente de los EEUU (1923-29) Calvin Coolidge era un hombre de pocas, poquísimas palabras. En cierta ocasión, se le acercó una señora intentando ser amable con él y le dijo: "Señor presidente, he apostado con mis amigas a que le haría decir por lo menos tres palabras". "Ha perdido", fue la respuesta.
Los cantos eróticos de insectos como el grillo o la chicharra les estimulan tanto que e les puede ver apareándose con cualquier cosa... incluso con una piedra.
Cuentan del poeta francés Jean de la Fontaine (1621-95) que era tan cultivador de la amistad como increíblemente despistado. En cierta ocasión, estaba dándole el pésame a una viuda, a la que le decía: "Os compadezco de veras, es verdaderamente un gran dolor perder a un esposo como el vuestro". Se hizo un silencio y el fabulista, que se distrajo pensando en otra amiga que acababa de perder a un hijo, continuó: "Pero no os aflijáis demasiado, señora; por fortuna, podéis consolaros con los otros que os quedan".
Dicen de los finlandeses que son grandes "escuchadores" porque, cuando alguien habla con ellos, jamás interrumpen y retienen todo lo que se conversa con ellos. Por ese motivo hay que tener cuidado con lo que se les dice. El típico "a ver cuando comemos juntos" es una propuesta en toda regla que se considera un agravio si queda en el aire.
Las primeras servilletas que hubo eran del tamaño de una toalla y los nobles romanos las usaban como bolsa cuando asistían a un banquete. En ellas guardaban comida y las chucherías dispuestas en las mesas y, aunque parezca mentira, lo grosero entonces era no actuar así